lunes, noviembre 08, 2010

EL FÚTBOL, LA NUEVA RELIGIÓN SECULAR.


Mi aporte es uno más de los muchos que seguramente han de existir sobre el tema, sin embargo, sociológicamente he tratado de ponerlo al tapete, para aquellos y aquellas que deseen interpretarlo de acuerdo a sus creencias.

Así es, por más que se pueda evitar o tratar de tapar el sol con un dedo, el fenómeno social que mueve masas mundiales es ya una religión, y su clara demostración no solo se da en los mundiales de fútbol como lo macro, sino que en los barrios más pobres de la mayoría de los países del mundo, en los sectores pudientes, en los sectores intermedios se vive esta fiesta cada día que el balón da marcha durante 90 minutos; esa fiesta que mueve peregrinos que aúpan determinadas tendencias (léase hinchas y/o fanáticos) y también los espectadores/aficionados, aquellos seres que están embelecidos por el gusto sin razón de parte; el negocio de todo tipo que hay detrás de cada estadio, de cada persona, de cada casa, de cada estación de bus, en los colegios, escuelas, universidades, lugares de trabajo, no hay lugar donde se emita una opinión mínima de fútbol, cuyo lema, en palabras de Eduardo Galeano en su "Fútbol a sol y sombra" es: "Ganamos, perdimos, igual nos divertimos", es la forma y el gusto primigenio de esa armonía sincronizada que 22 personas distintas en todo comparten por una sola pasión, independientemente del color de equipo al que estén defendiendo, lo que al final defienden es lo esencial, que el es fútbol como ese emblema unificador y libertario de todos los derechos de un ser humanos, pues, dentro del terreno de juego se pueden ver las formas más elementales de democracia: la participación, el liderazgo, la unión de grupo, el talento individual; del capitalismo: el deseo de triunfo, el deseo de triunfar individualmente, las ganas de obtenerlo todo...

En esta maratónica epopeya donde estos personajes se funden en un solo ser el deseo de triunfo también se une también esas sectas llamadas barras que apoyan a sus ídolos con el fin de que estos triunfen, pues la lógica natural es de ser así, no hay religión cuyos ídolos sean vencidos o derrotados; en esta jungla humana todo se acepta: desde una lágrima hasta un insulto, desde una sonrisa hasta el rostro desencajado de la tristeza, desde la euforia hasta la más mínima indisposición ante una solo grito: el gol, si, este atributo que se puede dar apologías como los orgasmos, como esos cantares a los grandes mitos, leyendas, alegorías, a esos poemas que están llenos de pasión y que se expresan de manera más efusiva posible. Eso es posible gracias a este solo grito.

¿El nuevo congregado de almas?, pues, dentro de todos los parámetros (i)lógicos, se puede constituir como una vía necesaria en donde uno puede expresar sus penas y alegrías, sirviendo como un vaso el cual se llena con cada gota de la experiencia vívida de aquellos y aquellas que lo protagonizaron y no protagonizaron; esas experiencias necesarias para que sean dioses o demonios de sí mismos, atraídos por esa belleza ecuánime de dicha pasión, todo esto como un canto a la gloria para todo el mundo, pues el mundo es dueño del fútbol, los humanos somos parte de él.

Esta religión tiene de todo, desde aquellos que asisten a un lugar donde se lo observa simple y llanamente por el gusto del rodar del balón, o, por el contrario, aquel que defiende a un determinado sector como un dogma inquebrantable para su beneficio. De todo da el árbol.

Y sí decimos secular es por dos cosas: la primera, esta es global, no elitista. Desde los bajos más bajos hasta el más alto se puede ver que se practica este deporte en casi todos los países del mundo no como un deporte nacional, sino como una universal cultural; en la segunda, se puede ver que esta superará los siglos y seguirá tan vigente, aún cuando deseen cambiar sus formas o su estilo, siempre existirá mientras exista el ser humano, pues es de él, y, materialmente, el ser humano se transforma cada siglo.

Esto es una religión, una que no sea sectaria y libere a sus ciudadanos de lo rutinario, formando parte de lo cotidiano.
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